miércoles 25 de enero de 2012

El Catecismo como museo de arqueología

Cuando alguien se precipita en condenar al Catecismo como un museo de arqueología que ya no tiene sentido, vuelve una vez más a perder la perspectiva de la historia de la Iglesia que lleva tras sus espaldas más de dos mil años de tradición. El Catecismo es una manera de explicar la evolución de la fe dentro de la Iglesia. Allí reconocemos la fe que todos compartimos, la fe que deseamos profesar y dar a conocer. Aquella fe que ha ido creciendo y desarrollándose con el auxilio del Espíritu Santo.

El esfuerzo de la Iglesia para sintetizar el devenir de la historia de nuestra fe es encomiable. En ese supuesto museo de arqueología reconocemos el rostro de miles de hermanos que antes que nosotros oraron de manera similar a la nuestra. Los museos nos enseñan el pasado sin el cual difícilmente entenderemos nuestro presente. Doy gracias por tener a mano la historia de mi fe, allí donde se afirma que Dios es el autor de la Sagrada Escritura. Allí donde se indica que el Concilio Vaticano II señala tres criterios para una interpretación de la Escritura conforme al Espíritu que la inspiró.

El Catecismo no es un conjunto de normas sin sentido. Un corsé que oprime la respiración e impide los movimientos. Por el contrario se manifiesta como compendio que recoge aquello que otros antes que nosotros discernieron. La mejor manera de enseñar la fe no es a través de un resumen de códigos morales. Sino en que en esencia se trata de un encuentro del hombre con Dios. Con el descubrimiento de que Jesús es hijo de Dios comprendemos que la salvación del ser humano proviene de la historia más grande jamás contada. Del relato de la vida y obras de Jesucristo, de su muerte y resurrección.

Una vez se realiza ese acto de gracia que es la fe, comienza el largo peregrinar para desentrañar desde el pasado aquello que da sentido a nuestro ser. El Catecismo es un esfuerzo de síntesis lleno de citas y referencias a otros textos magistrales. Desde su índice podemos recorrer el depósito de la fe, aquello que en esencia celebramos en los actos litúrgicos. Pero también nos descubre la vocación del hombre a la vida del Espíritu recorriendo la antigüedad desde las primeras leyes que profesan una sola norma principal: “amar al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tus fuerzas”. Para luego añadir, y amar a los demás como a nosotros mismos.

Podría decirse que la vocación cristiana es el amor, en todas sus facetas, conociendo la debilidad de nuestra propia naturaleza. De esta manera entendemos también que la oración es una llamada universal presente desde el Antiguo Testamento. En ella encontramos la adoración, la petición, la intercesión, la acción de gracias y alabanza. La tradición también nos enseña las fuentes de la oración. Y estos temas deben ser conocidos por cualquier creyente que desee alimentar sus conocimientos religiosos.

No se puede por tanto decir que el Catecismo es un museo de arqueología, donde observamos de manera aséptica el legado del pasado. Porque con el Catecismo vamos creciendo en el conocimiento de nuestra fe. Allí podremos encontrar la explicación de la celebración del misterio cristiano.Reconociendo que los sacramentos de la Iglesia son un don que se nos ofrece para caminar unidos a la vida en Cristo.

Para entender la respuesta que ha dado el hombre a Dios nos basta el Catecismo. Porque en esencia resume la profesión de la fe cristiana y nos la explica de manera sucinta. Como es lógico hay quien no comparte este manual de auxilio del cristiano. Niega en esencia partes que proclamamos en el Credo. Pero eso no deja de ser la nota trágica de esa fe diluida en el marasmo de nuestra actual cultura, tan alejada de los principios cristianos. Con la pretensión de que la fe debe reducirse y adecuarse al mundo, sin entender que estamos precisamente enfrentados al mundo.

La reconciliación del hombre con Dios, pasa por negar parte de nuestros impulsos primarios, en un intento de someter todo nuestro ser al Señor. En esencia el fruto de los diez mandamientos no deja de ser una ruta marcada desde la antigüedad que ha dejado su huella en nuestro mundo.

Contraponer el Concilio Vaticano II frente al Catecismo, es un absurdo que carece de sentido. Un juego que es mera pose intelectual, sin un gramo de esencia. Ni el primero renuncia al segundo, ni se entiende sin él. Pero hay quien vive de la pose. Y predica en esencia algo que nada tiene que ver con la fe cristiana.

domingo 22 de enero de 2012

Vargas Llosa rechaza presidir el Instituto Cervantes

Los medios de comunicación nos han dejado la noticia de la negativa de Vargas Llosa a aceptar la presidencia del Instituto Cervantes. El escritor peruano es inteligente, no quiere pasar a ser una figura decorativa, ya que su gestión al frente de la benemérita institución sería meramente honorífica. Tal vez sopese más los contras que los pros. Él es un personaje dinámico que estuvo muy vinculado a la política. Se presentó a las elecciones en Perú. No encaja en su personalidad pasar a ser una simple imagen de la marca hispana. Por otra parte ya es miembro de la Real Academia, ha ganado el premio Nobel, y además posee el premio Príncipe de Asturias y el Cervantes, junto a otros galardones. Parece que en cuanto a aspiraciones, tiene todas las metas cubiertas.

Ni siquiera la solicitud personal del Rey de España ha sopesado en su madurada decisión, seguirá dispuesto a colaborar con el Instituto pero desestima la oferta del gobierno español. A una le gusta imaginar si habría aceptado de haber sido Felipe González quien le hubiera hecho la propuesta en otra época histórica. En la década de los ochenta España renacía tras cuarenta años de franquismo. Vargas Llosa siempre ha estado muy en contacto con España, pertenece al boom hispanoamericano promocionado de la mano de Carmen Balcells, editora de los principales autores del boom en España. Vivió muchos años en Barcelona, tiene además la doble nacionalidad, aunque le fue concedida en la década de los noventa.

Sus posturas liberales le hacen ser un moderado dentro del mundo intelectual, pero no por ello deja de estar de acuerdo con el matrimonio homosexual, la ideología de género y el laicismo más radical. Se considera agnóstico y heterosexual, siempre ha estado muy comprometido con el periodismo y la política, labores que ha ido compatibilizando. Con treinta años menos, tiene ahora setenta y seis, la vitalidad del personaje no es la misma y el mundo tampoco era tal y como hoy lo conocemos.

Por otra parte el Partido Popular ha perdido ya el sello que le había demonizado durante años al provenir de la extinguida Alianza Popular cuyo líder, Manuel Fraga Iribarne, decidió finiquitar para dar paso a una nueva hornada de políticos. Al abandonar Fraga la política nacional, refugiándose en su Galicia natal, consiguió renovar al PP de la mano de Aznar. Han sido décadas en las que la evolución de la derecha española ha quedado en la nada absoluta. Hoy el PP apenas se distingue del PSOE, ambos son la viva imagen de un siglo caducado. Y el olfato del escritor le debe estar aconsejando que abandone la nave que se hunde. Ni siquiera el prestigio del Instituto Cervantes le mueve a formar parte del gobierno de Mariano Rajoy para dirigir la presidencia del prestigioso Instituto.

Meditando bien su decisión una valora el instinto del escritor. El mundo de su senectud en nada se parece al que vivió en su vigorosa juventud. Vargas Llosa ha sido un rara avis en los escritores, nunca simpatizó con la dictadura de Castro, al contrario que la mayoría de los miembros del boom hispanoamericano. Dicen que es la segunda vez que rechaza presidir el Instituto Cervantes. Algo huele el viejo y erudito peruano, que no le anima a formar parte de la tarea de revitalizar la lengua española. En ambos casos la propuesta provino del PP, pero en periodos de la historia bien diferentes. Para un hombre curtido de mundo y de política, las razones de peso deben ser fundamentales.

 Pero vuelvo a pensar que a principios de los ochenta Vargas Llosa habría aceptado dirigir el Instituto Cervantes. Solo que Felipe González seguramente hubiera preferido a Gabriel García Márquez que ganaba el Nobel mucho antes que su rival literario de siempre. Aunque no dejan de ser meras conjeturas. Lo cierto es que el gobierno de Aznar tampoco logró implicar al escritor peruano, que prefiere la independencia de los cargos para revitalizar la lengua de Cervantes.

miércoles 18 de enero de 2012

Profesores de religión que echan un pulso a la Iglesia


Los seres humanos estamos hechos de una pasta que mezcla la coherencia con la picardía. Una combinación difícil de digerir según como sea la situación. Por aquello de que nos conocemos establecemos leyes, normas, reglas. Todo para que esa parte oscura del ser humano no se mezcle con lo más noble que llevamos también adherido a la piel. Y en esa coyuntura sabemos discriminar fácilmente que no hay que ser ingratos con quienes nos proporcionan la oportunidad de formar parte de su peña. Si pertenecemos a la asociación taurina, es obvio que no iremos a la manifestación contra las corridas de toros. Si somos de la peña del Real Madrid, no podemos ser hinchas del Barcelona. Hay cosas que el mero sentido común pone en su lugar.

Pues en este país de pandereta donde los profesores de religión deben cursar una idoneidad para ejercer la docencia, confundimos una vez más, los derechos civiles y personales, con la coherencia. Y damos una vuelta de tuerca a la picaresca, nos colamos como docentes de una doctrina que estamos mancillando con nuestra propia vida. Porque tenemos derecho a la libertad de hacer lo que nos pida el cuerpo al salir del trabajo. Pero eso es rizar el rizo de las leyes. Tomar el mundo por montera. El yonqui que se pique en el servicio de trabajo y sea pillado infraganti, se va de patitas a la calle. Y no puede usted reclamar su derecho a destrozarse el cuerpo. Ni la libertad de conciencia para hacer de su capa un sayo.
De la misma manera los Tribunales no pueden pedir la readmisión a la docencia de una profesora de religión que se casó por lo civil con un divorciado. Me dirán ustedes que tiene derecho a ser feliz, y sin dudarlo confirmo ese derecho. Me dirán que la Iglesia no se puede meter en su vida privada y las relaciones laborales nada tienen que ver con esa situación. Y les diré que están equivocados. La idoneidad para un trabajo la estipula la parte contratante, usted puede ser un brillante economista pero si se empeña en ir con vaqueros a la oficina, sepa que le pueden rescindir el contrato. Hay cosas que no hace falta mezclar con los derechos civiles y con los sindicatos. Se caen por su propio peso.
No puede ser que una profesora a la que se le supone una adhesión a la doctrina que está enseñando proclame que se la pasa por el arco de triunfo. Su derecho al trabajo está condicionado a su capacidad personal para manifestar una coherencia de vida. No se puede separar una cosa de otra porque no hablamos de competencia laboral, sino de causa y efecto. Que es lo mismo que le pedimos a un sacerdote o un laico encargado de dar el catecismo. Esta señorita no ha aprobado unas oposiciones, su contrato está condicionado a su idoneidad para dar la materia que imparte. Y el tribunal que se mete por medio, sea de la instancia que sea, está entrando en conflicto con el derecho de la parte contratante a elegir libremente los méritos de sus trabajadores.
El conflicto sin embargo, es mucho más sencillo. Hay un interés manifiesto en sacar la religión de las aulas. Y nada mejor para ello que utilizar a los profesores de religión que se ciscan en la materia. Que acuden a la profesión porque no encuentran otra cosa o no son capaces de asumir las condiciones de la Consejería de Educación. A saber, disponibilidad para ser enviado a cualquier parte de la Comunidad donde viven. Los profesores de religión, siguen siendo unos asalariados privilegiados que se contratan al lado de casa. Y poco a poco han ido pidiendo los mismos derechos que sus compañeros de aulas, quienes han tenido que sufrir una oposición y muchos años desplazados lejos de su ciudad. A ellos les ha examinado el Ministerio sobre la idoneidad para acceder al puesto de trabajo. Mientras que los profesores de religión son propuestos por la Iglesia y deben atenerse a los filtros que esta establezca. Eso no lo puede manipular el Tribunal Constitucional, aunque en este caso lo haya hecho.
A partir de ahora veremos profesores de religión incongruentes con la materia, capaces de decir cualquier barbaridad en las aulas; que no ejercen por vocación, sino porque les viene muy bien estar al lado de casa y tener los riñones cubiertos. Aquí ha entrado en conflicto la ley civil que ampara el derecho a contraer matrimonio con quien se quiera. Y las normas de la Iglesia que nos enseñan desde hace dos mil años que el matrimonio es un sacramento. Y quien vive con otro señor bajo las leyes civiles pero no religiosas, está fuera de la Iglesia católica. Por tanto no puede ser idóneo para cursar enseñanza de religión.
Pero da lo mismo, porque de lo que se trata, como siempre, es de dar en los morros a la Institución de la Iglesia y manipular sus enseñanzas a conveniencia. No creo que el Tribunal Constitucional pueda obligar a la readmisión de la profesora porque entra en conflicto con los tribunales laborales. Pero queda muy bien de cara a la galería acusar a la Iglesia y pedirle una indemnización. Lo que está por ver en esta surrealista sentencia es que la profesora vuelva a ser admitida por el Obispado. Lo diga Agamenón o su porquero

sábado 14 de enero de 2012

Estoicos y espicúreos en la carta de Don Demetrio

Al leer la carta semanal del obispo de Córdoba, don Demetrio Fernández, he recordado las dos escuelas representativas de la antigüedad helena. De ellas derivan las palabras estoico y epicúreo. Mientras el cristianismo parece próximo al primer grupo, pleno de una ascesis personal que supedita los instintos para sublimarlos en una donación gozosa a su Creador. El segundo grupo se corresponde bastante con la actual corriente hedonista de la sociedad. Ser epicúreo es tener como meta el placer en todas sus variantes.

Cuando el obispo de Córdoba, don Demetrio, reivindica la castidad como un don gozoso y recuerda que la fornicación no forma parte del plan de Dios. No es que esté condenando el placer natural en las relaciones sexuales, más bien se hace eco de que no podemos convertir en absoluto aquello que forma parte de una donación mutua y gozosa otorgada por el Creador a sus criaturas.

La castidad de vida para un cristiano es la manera de supeditar sus impulsos naturales a la ascesis que reivindica que todo lo que hacemos es para mayor gloria de nuestro Señor. No se trata por tanto de claudicar ante nuestros propios apetitos, sino de saber combatirlos. Por eso en esa gran escuela de la antigüedad estoica estuvieron presentes los primeros padres de la Iglesia. Es por tanto consustancial al cristianismo no emborracharse, no caer en prácticas sodomitas, evitar la avaricia y conservar siempre una actitud comedida ante los placeres de la vida, entre otras actitudes.

Porque es cierto que toda la Creación ha sido pensada para mayor gloria de su Creador. Todo es bueno, pero en una proporción comedida y natural. Cuando nos dejamos llevar por la gula cometemos un exceso que repercute también en el organismo y lo intoxica. De la misma manera cuando convertimos el sexo en moneda de práctica común, sucumbimos a una afición venérea que llega a ofender al Creador, porque sólo tiene en cuenta las propias apetencias. Y hoy hablamos también de la adición al sexo como una patología más.

Decir esto va contra la banalización de la sexualidad, debidamente fomentada por nuestra sociedad. El hecho de integrar la sexualidad de manera natural en nuestras vidas ha llevado a determinados estudios que favorecerían la corriente epicúrea, considerando natural fomentar la masturbación y las relaciones sexuales en todas sus variantes. Esto chocaría con la corriente cristiana y su deseo de vivir según una moral íntegra reservando las expresiones sexuales para el matrimonio, e incluso accediendo a ellas de manera comedida para no herir a la pareja convirtiendo su cuerpo en un objeto para la propia satisfacción.

En realidad don Demetrio está basando su escrito semanal en una Carta de San Pablo: “Todo me es lícito, dicen algunos. Sí, pero no todo es conveniente. Y aunque todo me sea lícito, no me dejaré dominar por nada. Los manjares son para el estómago y el estómago para los manjares, dicen también; sin embargo, Dios hará perecer ambas cosas. El cuerpo, en cambio, no es para la lujuria, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Dios, por su parte, que resucitó al Señor, también nos resucitará a nosotros con su poder.

¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?. ¿Y voy a usar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una prostituta?. ¡De ninguna manera!. …….Huid de la lujuria. Todo pecado cometido por el hombre queda fuera del cuerpo, pero el lujurioso peca contra su propio cuerpo. ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que habéis recibido de Dios y que habita en vosotros? 1 Cor, 12-19.

Predicar el Evangelio es consustancial a un pastor de la Iglesia. Y eso es lo que ha hecho Don Demetrio, siendo atacado sin ninguna misericordia por todos aquellos que se oponen a la ascesis de vida propuesta por la Iglesia. Quienes incluso llegan a afirmar que nuestro Señor Jesucristo disfrutaba bebiendo con sus amigos y nunca clamó contra la lujuria. Olvidando, entre otros detalles su retirada al desierto donde fue tentado para que claudicase ante las propias apetencias.

La obsesión que le achacan a la Iglesia sobre el sexto mandamiento, es falsa. Como podemos comprobar por estudios de corrientes filosóficas antiguas. La ascesis forma parte consustancial del combate que el cristiano libra para ofrecer su vida de manera íntegra al Creador. Porque el primero objetivo del creyente no es otro que vivir para dar mayor gloria a nuestro Señor.

No hay nada de don Demetrio que sea nuevo para un creyente debidamente instruido en la fe. Puede que resulte escandaloso para quien se deja llevar por aquello que ve en el cine o la televisión. Pero no debemos olvidar que un cristiano vive en el mundo pero no conforme al mundo. Podrá caer cincuenta veces en la debilidad de la carne. Y se levantará otras cincuenta para volver a combatir la propia debilidad.

Me ha parecido que ante el linchamiento mediático al que han sometido a don Demetrio, era necesario recordar estos pequeños detalles.


miércoles 11 de enero de 2012

"Hay que hacer el bien porque el mal ya está hecho"

El escritor Álvaro Pombo, ganador del LXVIII Premio Nadal de novela de la editorial Destino con El temblor del héroe, ha subrayado este sábado que su obra trata sobre cómo se descuidan las relaciones humanas, y ha asegurado que "hay que hacer el bien porque el mal ya está hecho".

No tengo inconveniente en reconocer méritos a quien los tiene. Y la frase merece un post y algo más, tal vez la reflexión de muchas personas en torno a la necesidad de obrar bien, de tener principios, y la suficiente madurez para no caer en la banalidad en la que bulle nuestra sociedad.

De Álvaro Pombo se pueden decir muchas cosas. Su homosexualidad no le aleja para nada de cierta corrección de pensamiento, al afirmar sin bagajes que el matrimonio homosexual le da risa. No vamos a entrar en detalle sobre el tema. De su labor como académico, poeta y reputado novelista que ha conseguido la mayoría de los premios de la narrativa española, da fe su dilatada biografía. Este santanderino en una rueda de prensa en el Hotel Palace de Barcelona tras recibir este viernes el reconocimiento, ha relacionado la trama de su novela con la actualidad política y económica, afirmando que "la presente situación es una prueba de que hay que hacer el bien porque no se ha hecho".

"Tenemos que sostener el bien nosotros, pero se nos ocurren pocas cosas", ha dicho Pombo, para el que una de los buenos proyectos fueron las cajas de ahorros --"lo más parecido a la providencia divina" en el sector bancario--, hasta que intervino la política, ha añadido, en unas declaraciones recogidas por Europa press.

Doy fe de que Álvaro Pombo es un hombre que sabe comprometerse con su tiempo. De su obra he leído Vida de San Francisco de Asís, publicada en 1.996, donde maneja una prosa exquisita. Creo que por su edad, nació en 1.939, está en el momento justo para aportar su lado filosófico de la vida. Esta novela breve de apenas 200 páginas, es un relato que merecerá ser leído. En Europa press manifiesta que sobre el bien y el mal, tema recurrente en la novela, cada persona, "a lo mejor solo es capaz de hacer uno o dos actos buenos, pero valen muchísimo".

Que alguien pueda escribir sobre este tema, tan manido por la literatura, pero tan necesario en nuestra turbulenta actualidad, vale la pena ser destacado. Y no deja de ser un puntazo esa declaración sobre las Cajas de Ahorros, entidades sin ánimo de lucro, fundadas muchas de ellas en el siglo XIX como balón de oxígeno para las clases más necesitadas. Que ahora esas entidades estén siendo expoliadas ante la mirada impertérrita de la casta política, produce cierto desgarramiento social, que merece la reflexión de los intelectuales de nuestro tiempo.

Sobre la bondad de nuestros actos cabe destacar que siempre nos movemos en la alteridad, mirando lo que hacen los demás, sin reparar en lo que podríamos hacer nosotros. Esa corruptela generalizada del actual sistema político, produce indignación y cierto mimetismo en quienes piensan que sólo es posible la corrupción en una determinada esfera, incapaces de reconocer la picaresca más canalla en carne propia. Viene bien una novela para reflexionar sobre esa necesidad de ejercer el bien, para regenerar nuestra convulsa vida social. Y si la reflexión se hace mediante el personaje de un jubilado profesor de filosofía a quien entrevista un joven periodista digital, el libro promete honduras sobre la banalidad de nuestra contemporaneidad

jueves 5 de enero de 2012

Me pido una noche de Reyes que sea verdadera Epifanía

En estos momentos que estamos a unas horas de celebrar la Epifanía sobreviene la imagen de la larga cabalgata de Reyes y la pasión desenfrenada por el consumismo que convierte las calles en masas multitudinarias que se agitan de tienda en tienda. Se hace necesario regalar, dar, pero no exclusivamente cosas materiales. Porque la Epifanía es la manifestación de Dios entre los hombres y en ella brilla la luz que alumbra todas las naciones. Los Reyes le adoraron y le obsequiaron presentes de profunda carga simbólica. ¿Conocen eso nuestros niños?. ¿Saben del inmenso sentido de la adoración de los magos a Jesús?. Más bien parece que les enseñamos a adorar una fecha que les va a proporcionar una compensación envuelta en papel de regalo. No es que desee ser agorera, ni mucho menos cargarme una simbología tan maravillosa. Todos hemos sido niños y la ilusión de aquellas noches de Reyes que acompañaron nuestra infancia, debe permanecer presente también en este siglo XXI.

Pero en fechas que nos están cayendo recortes y ajustes presupuestarios, parece que Jesús se encuentra más desvalido que nunca. Es el Jesús que se esconde en los ojos alterados de niños en países de conflictos bélicos. Es el Jesús que se trasfigura en el rostro del parado al que van a subastar su vivienda porque no puede pagar la hipoteca. Ese Jesús que es el rostro divino en la humanidad sigue convocando a su mesa a todos los hombres de buena voluntad. Y lo hace para mostrarles el camino de la fraternidad humana. Ese Jesús levantaría el látigo contra los blindajes económicos de muchos Consejos de Administración de Entidades financieras que han entrado en quiebra técnica. Ese Jesús expulsaría del sillón de diputados a los políticos que no cumplen con el compromiso de trabajar por la ciudadanía y se lucran de su puesto.

Ese mismo Jesús, se podrían a lavar los pies a los sin papeles, para luego ofrecerles un banquete que reconfortase su dignidad mancillada por el mal estructural de esta sociedad. Ese mismo Jesús sigue hablando hoy como hace dos mil años de que el Reino de Dios ya está aquí, ya ha llegado. Es posible construirlo si estamos dispuestos a romper con la dinámica de nuestro egoísmo, nuestra avaricia, nuestras idolatrías mundanas. En definitiva si dejamos el pecado, que no es otra cosa que el daño ocasionado a los demás y a nosotros mismos. Algunos dicen que adorar a Dios en los más necesitados es mucho más religioso que adorar al pequeño niño Jesús como los magos. Y sin embargo, Dios necesita ser adorado, venerado, glorificado. Porque se ha hecho uno de nosotros y nos ha convocado en el misterio de la Eucaristía a ofrecernos también a los demás. Y encima somos conscientes de que por nosotros mismos nada podemos hacer. En realidad convertimos en porquería todo lo que tocamos. Y aún así estamos hechos a imagen y semejanza de Dios.

Algo maravilloso sucede en la Epifanía, la adoración y la contemplación de un pequeño niño que es Dios hecho hombre, nos invita a cuestionarnos nuestra vida y poner cada cosa en su lugar. Y mira por donde resulta que los últimos serán los primeros. Así que no está la cosa en mandar mucho, ni en llegar muy alto, ni siquiera en ser un buen ciudadano. La cosa sigue estando en compartir los dones de la Tierra sabiendo que no nos pertenecen. A lo mejor entonces, los países ricos dejaban de explotar a otras naciones, dejaban de fabricar bombas, que originan conflictos, de imponer aprietos económicos que rompen la dinámica de la solidaridad. Y todo eso comienza ya, ahora mismo, en nuestro pequeño Belén de cada casa en esta noche previa a la Epifanía.

Ojalá que la manifestación de Dios en los hombres se haga palpable en nuestra sociedad, con un compromiso personal por parte de cada uno. Ese debe ser nuestro regalo de Reyes. Feliz Noche Mágica. Y que el Señor nos acompañe todos los días del año

miércoles 4 de enero de 2012

La progresía eclesial atufa a pose sin sustancia

Resulta complicado llevar un blog. Y mucho más hacerlo desde el humanismo cristiano, sin que eso signifique caer en lo pacato. Me refiero que a veces, puntualmente, tenemos derecho a indignarnos. Podemos respetar a la persona, concederle el derecho de expresión y de libertad de conciencia que todo ser humano merece, pero no debemos arrugarnos frente a lo que a nuestros ojos es una arbitrariedad. Especialmente cuando se posicionan desde una visión que consideramos errónea. Es prudente recordar aquello “de corregir al que yerra”. De manera particular cuando se yerra de modo pertinaz.

En mi caso deseo explicar que no tengo nada en contra de muchas personas con las que me he enfrentado en mis artículos. No me mueve ninguna aversión personal hacia nadie. Creo profundamente que todos somos hijos de Dios y que éste nos ama de manera inconmensurable. Partiendo de ese principio todos somos hermanos. Y hemos sido convocados por Jesucristo al amor fraterno. Estoy segura que si conociera personalmente a aquellos de quienes he hablado con mayor o menor contundencia, podría tener una relación fluida y amistosa. No es necesario pensar igual para sentir respeto por el diferente. Todos convivimos con personas que no piensan igual que nosotros y mantenemos una relación cordial.

Pero la dinámica del toma y daca en un artículo de opinión resulta abrumadora. Cuando alguien falta el respeto a lo que más amas, instintivamente te revuelves. Y si a lo largo del tiempo vas conociendo en profundidad el mercadeo religioso, terminas por encenderte. Aunque sea de manera puntual ante algún escrito o manifestación pública. Y en ese momento puede que tu respuesta no sea la apropiada. Por ello en este Año Nuevo deseo pedir perdón a quienes haya podido herir con mis escritos. No tienen otro objetivo que testimoniar la coherente entre lo que se cree y lo que se profesa.

Algunos de mis calificativos pueden resultar contundentes, exorbitados. No es ese el estilo que líneas generales tiene este blog. Pero sin duda ante lo contumaz y pertinaz, no cabe otra disyuntiva que hacer frente al enemigo. Y así es como lo veo tras varios años en el mundo de los blogs. Hay enemigos de la Iglesia que pasan por ser hijos suyos. No puedo juzgar sus vidas, pero sí soy consciente del daño que provocan. Y sería absurdo dejarles medrar con sus errores por todos los medios de comunicación que les tienen contratados.

Personalmente ruego por ellos, por la paz de sus corazones. Suelen ser ex de todo, desengañados, con una pizca de soberbia que les hace no reconocer sus errores. Podríamos dejarles en paz, es el latiguillo que nos martillea desde sus filas. Pues no, señores, no podemos porque ustedes nos lo impiden con su insistencia por vender humo. Se empeñan en atacar a la Iglesia y todo lo que representa, hiriendo al pueblo de Dios con sus monsergas. Eso no es pluralidad en la Iglesia, sino manifiesta rebeldía.Quieren hacer una Iglesia a su medida.

Dejen que les diga que en realidad lo que los cristianos pretendemos no es cambiar a la Iglesia sino santificarla, con nuestras vidas, con nuestros gestos, con nuestras oraciones. Y ese es el camino que nos gustaría saborear de esos eruditos teólogos que martirizan nuestras pupilas con sus escritos.El relativismo consiste precisamente en subir los hombros frente a cualquier situación. Y creo que es momento de tomar decisiones, no de encogerse de hombros. Porque desgraciadamente no vamos sobrados de equipaje. Nos hacen falta buenos sacerdotes, buenos religiosos y buenos cristianos, que den testimonio de la fe con valentía, sin miedos a ser tachados de retrógrados o cavernícolas porque no están a la última. Que a la postre siempre es estar fuera de la Iglesia.

No me importa decir que la progresía eclesial me tiene decepcionada. No le encuentro ningún mérito. Atufa a pose de frontera sin sustancia. Les viene grande el Evangelio, lo han dejado convertido en una opción preferencial por los pobres con Ley Sinde a tutiplén. Prefiero el rosario a los manifiestos suscritos a última hora. Mientras ellos se citan unos a otros y suscriben proclamas incendiarias, los fieles de a pie siguen cubriendo las espaldas de Cáritas. A Dios gracias.

Sólo me queda citar las Escrituras: “Que la palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; enseñaos y exhortaos unos a otros con toda sabiduría, y cantad a Dios con un corazón agradecido salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que hagáis, sea de palabra, o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias al Dios y Padre por él”. Colosenses 3, 16-17. San Pablo tenía las ideas muy claras. Conviene leer sus epístolas, no se necesita a nadie para que las interprete.