martes 19 de mayo de 2009

Mario Benedetti y el silencio de Dios

Se ha ido Mario Benedetti, pequeño, enjuto, de mirada frágil, lo recuerdo hablando de literatura con voz grave en la Facultad de Letras, lo que él más amaba, al margen de sus veleidades revolucionarias. Por ellas traía la voz quebrada por el dolor de su pueblo. Él tuvo en sus manos los informes de las trágicas desapariciones de miles de compatriotas derrotados por el ruido de los sables. Y supo que hay un terror sin nombre, sin testigos, un terror de medianoche y persianas bajadas. Cuando lo siniestros escuadrones de la muerte se lanzaban a la cacería de civiles desarmados. Cacería por pensar o sentir de modo diferente, por ser demasiado de izquierdas, tal vez por sentirse socialistas.

Ese terror lo conocía muy bien Mario Benedetti, en sus ojos llevaba escritos muchos nombres y ahora mirará sus rostros allí arriba, buscará cada uno de sus desaparecidos. No voy a hacer un panegírico del poeta comprometido con su gente. Cada uno es hijo de su tiempo y Benedetti en mi recuerdo es un manojo de cuentos publicados en Alianza Editorial. Allí conocí al escritor en la década del ochenta, mientras estudiaba crítica literaria. Cuando se ama la literatura, no hay nada más divertido que sentirse obligada a leer, a ver cine, a estudiar teatro. Y Mario Benedetti ya era una figura que además poseía la aureola de todo exiliado. Su ponencia se escuchaba con un silencio sobrecogedor.

Su rostro estaba surcado de arrugas y llevaba en sus hombros hundidos el fracaso de América Latina. Ese fracaso que supuso una goteo de dictaduras por todo el cono sur, desangrando los países en un siniestro plan Cóndor que hacia inviable la huida tras otra frontera. Ya sé que el idealismo no pinta héroes de barro, del barro que estamos hechos cada uno. Pero por utilizar un título de uno de sus libros “El último viaje” se debe hacer rodeado de los seres queridos y nunca en un salto al vacío desde un avión en medio del Océano.

A mí me pasa como a Mario Benedetti, que también llevo el recuerdo de muchos nombres, por quienes escribía a las autoridades del país con la esperanza de que aquellas cartas fueran de algún modo su pasaporte de huida de la muerte. Llegaban las noticias con muchos años de atraso, pero eran iguales de terroríficas en El Salvador que en Uruguay, en Argentina, que en Chile. Era noticias de cárceles ocultas, de terrorismo de Estado, de torturas. Supongo que seguirá pasando lo mismo en otras partes, pero en España dolía como si la gente fuera de aquí mismo.

Hay otros escritores marcados por la tragedia de América Latina, Cristina Peri Rossi, Isabel Allende, Cortázar, Vargas Llosa, nombrar a todos es imposible. La verdad, no importan las ideas políticas, sino como se defienden. Al final de la historia lo que cuenta es que hubieron muchos muertos, demasiados, y nada justifica el terror. De ello sabía mucho Benedetti porque había escapado de sus garras tanto en Uruguay como Argentina. Exiliado en España como tantos otros, tuvo que sufrir diez años separado de su esposa. Un precio muy alto por defender la libertad y la vida.

No tengo mejor homenaje que un poema de contenido social a los abogados laboralistas de Atocha, de una poeta adolescente que recién se iniciaba en las letras, con la inocencia de la juventud y el idealismo por bandera:

Ráfagas de plomo vil
derrumbaron su firmeza,
muro de contención
ante tanta villanía
de solapadas ideas.
Sangre brotó de sus cuerpos,
roja como la grana,
generosa como una amante entregada
¿Quién pudo vencer nunca
al que sin armas combate
y defiende y se defiende
con ética intachable
del lodo capitalista?.
Provocan por ser hombres,
que no lacayos sumisos.
No sonarán ya sus voces
denunciando las mentiras
de respetables señores
enfundados en chaqué
labrado en cuentas corrientes
de proveniencia dudosa
¡Que este lamento suene
de pueblo en pueblo!.
¡Que este grito lo oiga
el mundo entero!
Vuestra sangre hoy es río
el cuál no va hacia la mar,
leve afluente de aguas
que el campo ha de regar
para que crezcan simientes
de justicia y verdad.

Por ti Mario y por todos aquellos que quedaron en el camino en la década del setenta y el ochenta. Descansa en paz