jueves 14 de mayo de 2009

Tierra Santa, una oportunidad para la paz

Como no podía ser de otro modo, el viaje de Benedicto XVI al polvorín de Oriente Medio trae sus análisis en los medios. Algunos consideran un fracaso su presencia en Tierra Santa. Dicen que tanto palestinos como israelíes están molestos con el Papa. Los unos porque no ha pedido perdón por el Holocausto, los otros, porque quieren que el “muro de la vergüenza caiga al suelo”. Pero si analizamos los discursos del Santo Padre, ni unos ni otros pueden en justicia reprochar nada.

Hoy es portada su postura frente al muro, su apuesta por un estado Palestino, su oración en el memorial del Holocausto. Y ante todo ello los hay que siguen sacando de contexto su pertenencia a las juventudes hitlerianas en una burda manipulación de la historia. Es de sobra conocido como se reclutaba a la juventud para tareas de retaguardia, obligando a ello bajo coacción. Por edad, Benedicto XVI vivió la guerra como adolescente, y siguiendo la intención de voto de la Alemania nazi se sabe que había más oposición que apoyo por parte de los católicos.

Los totalitarismos comunistas y nacionalsocialistas fueron condenados por la Iglesia. De modo que volver a manipular los datos para desprestigiar a Benedicto XVI origina como mucho una falta de credibilidad a quienes publican dichas noticias. Sacar Ratisbona, el obispo que niega el Holocausto, el choque con cierta parte de la Iglesia que se posiciona a la contra por sistema, es enfangar un viaje por sí mismo bastante delicado.

Lo cierto es que si se consiguiera aumentar la población cristiana en Oriente Medio, las dificultades serían menores que las actuales. Basta recordar la trayectoria de la población palestina e israelí conviviendo durante años. Ahora, en cambio, existe una dificultad clara, la presencia del islamismo fundamentalista que se alimenta del conflicto. Y también una corriente judía muy ortodoxa que hace difícil la convivencia.

En realidad el problema de Oriente Medio es un quiste cuya pústula revienta por etapas. Sin embargo, la mayoría de la población que convive en esta tierra llena de la sangre de sus víctimas, es una ciudadanía que sufre y se exilia. La mayor parte de los cristianos han tenido que huir. Ese es el drama de Oriente Medio. Monopolizado el conflicto por las dos facciones extremistas de judíos e islamistas, las buenas intenciones de Benedicto XVI sólo pueden servir para abrir puentes. Pero debe ser el pueblo israelí y el mismo pueblo palestino quienes tomen la decisión de perdonar y darse una oportunidad.

Nosotros conocemos bien como son los conflictos de los grupos terroristas. Un cáncer que reconcome el corazón de la ciudadanía. Dar una oportunidad a la paz y la convivencia requiere eliminar las facciones armadas y devolver los territorios ocupados. Si no se cumplen esos dos objetivos que corresponden tanto a judíos como a islamistas, el futuro seguirá estando comprometido.

De momento, no veo que se haya cometido ningún error preocupante por parte de la autoridad moral con más peso en Occidente. Benedicto XVI ha visitado las diferentes zonas del conflicto y su voz se eleva con una claridad y mansedumbre que convoca a la reflexión. Que todos estén esperando el traspié parece más evidente que nunca. Confiemos que la oración de todos los fieles evite los equívocos y las manipulaciones que algunos medios no cesan de lanzar.
Hay resultados que no se miden a corto plazo sino en la maduración de los acontecimientos. Después de ver caer los satélites soviéticos y el muro de Berlín, cualquier cosa es posible si se tiene fe y paciencia.

1 comentarios:

Silveri Garrell dijo...

Se puede uno quitar el hàbito pero no puede un cristiano, un monje o un sacerdote, avergonzarse de algunos aspectos esenciales de su Fe. No valen matrimonios homo, ni tampoco aborto, quedan bien claros como pecados, y un creyente no puede escabullirse escondiendo la cabeza como el avestruz. Pero los respetos humanos llevan a eso: la dimisión en ciertos temas.