domingo 7 de junio de 2009

La oración del corazón un camino para todos



No se aprende a orar a base de raciocinios ni se adentra uno en la vida de oración porque esté convencido de que es más perfecto, sino porque algún día se ha notado el soplo del Espíritu que, desde el bautismo vive en el interior esperando el momento de expresarse.

El cristiano debe liberar dentro de sí esta fuerza que puede invadirle como a bocanadas en medio de la monotonía, y vivir la experiencia de los discípulos de Emaús que sentían arder su corazón o la de Pablo, obsesionado no tanto por encontrar a Dios como por aguantar hasta el día de la visita.

Jean Lafrance opina con experiencia que, para llegar a descubrir el rostro del Resucitado, hay que andar unos pasos que van desde la conversión hasta el verdadero amor al prójimo pasando por la oración ininterrumpida; etapas que explica en “La oración del corazón” de Editorial Narcea.

Esta es la sugerente contraportada del libro que hoy he querido traer al blog. Cuando se tiene sed de conocer a Dios, de hablarle, hay un camino seguro, la oración. Escuchemos la voz experta que nos guía con la sabiduría recogida en la propia experiencia:

Hagámonos en este sentido una pregunta: ¿cuándo nos acaece una pena, una tentación, una prueba o una alegría, nuestro primer movimiento es pensar en salir de ella, o nos ponemos de rodillas para alabar a Dios o para suplicarle que mueva nuestro espíritu y nuestro corazón de acuerdo con su voluntad?. ¿Oramos por todos los rostros que encontramos?. En otras palabras, ¿sabemos transformar en oración nuestras impresiones, nuestros sufrimientos y toda nuestra vida?.

Llegar a tocar fondo es a veces el camino más recto para orar con fe desnuda. Por eso no hay que cansarse nunca de orar, de buscar momentos de silencio interior, de reflejar la bondad de Dios que ofrece un rostro transfigurado por la oración. Hoy me acuerdo de todos los amigos del blog, algunos pasando dificultades, y he cogido de nuevo este libro entre las manos. Es más he pensado hacer llegar al blog esos libros que me han conducido durante años, que siguen apilados en los estantes esperando pacientemente que los vuelva a abrir y releer.

La gracia de la conversión, no es en principio una gracia de fuerza, sino de luz; una luz que no podemos fabricar nosotros mismos. Dios no nos pide que la fabriquemos sino que la aceptemos y nos dispongamos a recibirla esperándola con deseo; ésta es la fidelidad de los que velan esperando la visita del maestro.

Así se expresa en este breve libro, apenas cien hojas. Vale la pena entrar en su rumor plácido y sabio, dejar mecer el corazón con las palabras que nos guían por el sendero de la oración ininterrumpida.

Todo sería mucho más sencillo, nuestras miserias, nuestros sufrimientos, nuestros defectos, nuestros mismos pecados, esos días en los que tenemos la impresión de haber fracasado, si pudiésemos comprender que el problema no está en funcionar bien sino en ofrecer. La materia de un sacrificio no hace falta que sea noble, basta que sea ofrecida. En vez de ofrecer un día perfecto, ofrecemos un día lamentable, ¿qué importa, con tal que se ofrezca?. Dios puede hacer lo que quiera del menos instante de nuestra vida si nosotros estamos decidido a ofrecérselo como es.La fe supone humildad, pues los actos de confianza son privilegio de los humildes. Mediremos nuestra humildad por nuestra confianza porque, para tener confianza, es preciso no mirarse a uno mismo, sino únicamente a Dios y a lo que él quiere hacer.

Les dejo estas perlas de sabiduría para que mediten o sugieran nuevas experiencias más personales que podamos compartir entre todos. Yo hoy he vuelto a la lectura orante de este libro. Y a recordar que el blog es un espacio de encuentro para dar testimonio del humanismo cristiano, con las luces y las sombras que su editora lleva a cuestas. Pero con la mejor de las voluntades