miércoles 3 de junio de 2009

Otra vez en el Cerro de los Ángeles, para católicos sin complejos

La próxima renovación de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús en Getafe, levanta suspicacias entre quienes apenas tienen idea del significado que entraña dicha consagración. Seguramente tampoco saben que mayo es el mes de María y Junio el del Sagrado Corazón, cuya festividad está arraigada en muchos fieles. El hecho de que se convoque un evento multitudinario pone de los nervios a muchos. Se vuelve a sacar a la calle la idea de que la Iglesia reta al gobierno. No son pocos los católicos que se duelen amargamente de que la Iglesia ofrezca actos públicos. Como deseando permanecer en el anonimato, en la indiferencia, sin tomar ninguna postura que pueda herir a la sociedad laicista.

Pues deberán acostumbrarse porque la fe tiene derecho a manifestarse en la vida social. Bien sea en procesiones, romerías, eucaristías o renovaciones públicas de la fe, como será la que acontezca en el Cerro de los Ángeles. Claro que la imagen nos retrotrae al pasado cuando el Corazón de Jesús fue literalmente acribillado por los milicianos. En un acto que simboliza la misma barbarie que la demolición del enorme Buda dinamitado por los talibanes. En ambos casos la ceguera fanática condujo al gesto incivil.

La vigilia de oración convocada con motivo de la celebración de la fiesta el 21 de Junio, debe contemplarse con naturalidad, con esa misma naturalidad en la que miles de fieles renuevan sus promesas realizadas los nueve primeros viernes de mes. Es la tradición la que nos acerca de mano de Santa Margarita Maria de Alacoque a la devoción que promete frutos espirituales de diversa índole.

Jesús prometió a la religiosa que si se comulgaba los primeros viernes de mes, sin pecado y consagrándose al Corazón de Jesús, les concedería las siguientes promesas:

Les daré todas las gracias necesarias a su estado: casados, viudos, solteros, consagradosPondré paz en sus familiasLos consolaré en todas sus afliccionesSeré su refugio durante su vida y, sobre todo, en la hora de su muerteBendeciré abundantemente sus empresasLos pecadores hallarán misericordiaLos tibios se harán fervorososLos fervorosos se elevarán rápidamente a gran perfecciónBendeciré los lugares donde mi imagen sea expuesta y veneradaLes daré la gracia de mover los corazones más endurecidosLas personas que propaguen esta devoción, tendrán su nombre escrito en mi corazón y jamás serán borrado de Él.Otorgaré la gracia de la penitencia final. Es decir no morirán en desgracia ni sin haber recibido los sacramentos.

Estos últimos años, pocos han intentado revivir la devoción, aunque existan lugares que la mantenga, pero son los menos. De hecho hoy lo que mueve al compromiso es el activismo, el pertenecer a una ONG, lo que se dice orar y asistir a los actos de culto, pues como que se ha abandonado. Eso se ha considerado de modo erróneo que era propio de una fe infantil. Cierto que nadie va a recibir las promesas del Corazón de Jesús si se dedica a comulgar los nueve primeros viernes de mes y a continuación hace lo que le viene en gana, fastidiando a quienes están a su alrededor. Eso sería superstición.

Pero hay una realidad personal que nunca falla, se tiene que orar y alimentar la fe. Un medio adecuado puede ser esta devoción, en otros casos acudir todos los días a la eucaristía, también rezar determinadas oraciones vocales, y mejor aún realizar oración mental. Todos esos caminos se perdieron al finalizar el nacionalcatolicismo, volver a ellos no es retomar el franquismo, sino seguir con naturalidad alimentando nuestra fe, como lo han hecho sin complejos en el resto de Europa. Fueron los aires del Concilio quienes hicieron hincapié en el compromiso con los demás y en suprimir las devociones. Cierto que ellas no nos hacen mejores personas. Pero si ayudan, en la medida que somos conscientes que por nosotros mismos nada conseguiremos.

El activismo sin fe, es solidaridad. Con fe es caridad. Con oración es además participación activa de la comunión de Cristo. Sin ella, el trabajo y esfuerzo cuyos méritos nos atribuimos se los estamos arrebatando a lo que es obra de Dios. Por otro lado, en España parece que los católicos tengamos siempre que estar pidiendo perdón por el cordón umbilical que unió el franquismo con el nacionalcatolicismo. Señores, la transición ya ha pasado, es hora de vivir con naturalidad las devociones de la fe, sean estas expresiones multitudinarias o actos privados en el rincón de cualquier parroquia. Ver lo contrario es vivir acomplejados por una época que debemos asumir con sus luces y sus sombras. Lo demás son pamplinas. Ya son mayoría quienes no vivieron el franquismo. Estamos en una nueva era.