La sentencia del Tribunal de Estrasburgo amparando la retirada de los crucifijos de los colegios públicos en Italia, demuestra el retroceso de la civilización cristiana frente a una sociedad que impone por la fuerza sus principios laicos, con la excusa de que ninguna religión debe estar por encima del Estado. Es una resolución que se cae por su propio peso. En la medida que la sociedad abandona a Dios, crea falsos ídolos de barro; llámese dinero, fama, poder. Lo pueden encontrar de manera muy vivaz en los más jóvenes. Sus metas son inmediatas, no hay una proyección de futuro que les exija esfuerzo y dedicación. En cambio existe un deseo permanente de supeditarlo todo a la satisfacción de las apetencias. Hoy se les pregunta a los niños qué quieres para cenar. Muestra inequívoca de pésima educación. El menú de una casa no se elige como en un restaurante, se cena lo que te ponen en la mesa, y se aprende a dar gracias por ello. En cambio los comedores escolares están llenos de inapetentes alumnos sometidos al imperio del capricho. Se sustituye la acción de gracias cristiana bendiciendo la mesa, por la marca de fideos anunciada en la televisión. Es decir que nacen nuevos y pequeños ídolos de barro ocultos bajo el eufemismo de la libertad.
Nunca una palabra ha significado menos. Hoy somos libres para votar, pero nos gobierna el líder que propone el aparato del partido. Somos libres para rechazar la educación cristiana, pero aceptamos con una inclinación sumisa de cabeza que nuestros hijos sean educados con la ideología del Estado. Y esperamos que esa libertad nos proporcione todo, porque tenemos “derechos”. Hemos convertido la sociedad del esfuerzo en la sociedad del derecho.
Lo cierto es que un crucifijo no sólo es símbolo de una religión. Es la muestra palpable de un acto de amor. Podemos no rendirle culto, pero no debería molestarnos, porque si buscamos la eliminación de los símbolos religiosos, la sociedad buscará los sustitutos. Hoy son el pack completo de derechos humanos y civiles, libres de cualquier obligación y responsabilidad. Imponiendo además un pensamiento único: hacer apetecible lo efímero, mientras en realidad retrocedemos en derechos consolidados.
Destruido el mito comunista, la sociedad del bienestar se ha corrompido desde su base. Es una quimera que se está deshaciendo sin solución de continuidad. Y el único relevo posible sigue siendo la Doctrina Social de la Iglesia. La cooperación y la solidaridad son la base del cristianismo, el cimiento que ha ido construyendo universidades, hospitales, sanatorios, colegios. Mientras que el mercantilismo capitalista se basa exclusivamente en la rentabilidad, sin otro objeto que amasar dinero, aún a costa del sufrimiento del ser humano.
Nuestros impuestos sirven de igual manera para financiar una sinagoga, una mezquita o una iglesia. Pero el ateo laico no está dispuesto a tolerar la religión en la escuela. No quiere que sus impuestos tengan nada que ver con la religión. Y el Estado cuya Constitución ampara el derecho de los padres a elegir libremente la educación de sus hijos, se inclina frente al envite laicista. Podríamos rizar el rizo y solicitar que nuestro dinero, el de los creyentes, no financiase asociaciones laicistas. Sería el cuento de nunca acabar. Esa futura Alianza de las Civilizaciones tiene cada día un panorama más siniestro a medida que se van conociendo las diferentes resoluciones del parlamento de Estrasburgo.
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