miércoles 2 de diciembre de 2009

El feminismo construye una sociedad más justa


Cuando la crónica de la actualidad abruma me evado hacia adentro o bien salgo a pasear y contemplo ese maravilloso panorama de la vida que sigue sorprendido en cada esquina. Ir hacia fuera o hacia adentro es un privilegio del ser humano. Tenemos esa capacidad de ahondar en las cosas y de ver en perspectiva. Me he sentido muchas veces desanimada con esa polarización aparente que tiene la Iglesia dividida entre progresistas y conservadores. En esos momentos necesito parar y tomar aire, porque sé que estamos ante un espejismo que no se corresponde con la realidad.

Es la misma situación que puede vivir en su interior toda persona. Hay que conservar aquello que nos proporciona la identidad y transformar aquello que nos permite adaptarnos a las circunstancias. Pero eso no implica renunciar a la Verdad. Me parece que la Encíclica del Papa Caritas in Veritate muestra muy bien esa realidad. Sin amor nada vale y sin Verdad el amor puede ser mero sentimentalismo barato.

Siguiendo el pensamiento que cada miércoles Benedicto XVI manifiesta en sus audiencias, vemos como su vasta erudición nos lleva de la mano a tiempos donde la Iglesia también estaba convulsionada en facciones. Un clero que se había alejado de la Verdad pactando el buen vivir. Y unos reformadores que devolvían la esperanza a miles de personas en una fe más fraterna. Creo no equivocarme si afirmo que la crisis de la Iglesia es cíclica. Ésta se encuentra en completa transformación a lo largo de los siglos, pero permanece inmutable en cuanto a la Verdad Revelada.

En ese sentido conviene no descalificar a nadie de manera fulminante. Ni los religiosos van a desaparecer, ni la Iglesia curial es imprescindible aunque haya sido útil a lo largo de centurias. En realidad el mundo está siempre necesitado del mensaje transcendente de un Salvador y Éste permanece entre nosotros y se nos ofrece en cada Eucaristía.

Por otra parte es cierto que los hombres y las mujeres se encuentran en la actualidad en una situación más equitativa que en otros periodos de la historia. Es un verdadero problema para el nuevo milenio que se mantenga una casta determinada de sacerdotes cuyo oficio se aprende y está reservada exclusivamente al varón.

Como sé que este tema no se puede debatir no insistiré sobre el mismo. Pero sí haré notar que la mujer representa más del 50% del activo de la Iglesia. Sin ellas las parroquias se quedarían muertas. Con crisis de vocaciones incluida, las más fieles siguen siendo las mujeres. Y hoy por hoy resulta ofensivo enviar a barrer a una mujer. Porque afortunadamente ya existen barrenderos y barrenderas. La fe no distingue entre sexos y mucho me temo que en el Reino de Jesús la cuestión sexual está completamente ausente.

Tal vez ha llegado ese momento en el que la madurez del ser humano permita que hombres y mujeres se relacionen de manera fraterna en igualdad. Empecinarse en lo contrario no es cristiano. Dios no aprueba las esclavitudes. Nos ha hecho tan complementarios que nos necesitamos para sobrevivir. La familia es un recinto sagrado con un vínculo bendecido en un sacramento. Es el estilo de vida natural del ser humano. El pleno desarrollo de la persona se da en la familia.

Pero aquellos que deciden optar por los consejos evangélicos, no pueden establecer una discriminación con la mujer. No la pueden someter a su autoridad en razón de género. La autoridad debe ser un servicio a la Iglesia en reciprocidad. Por tanto aunque algunos se apresuren a calificar este escrito como ideología de género, nada tiene que ver con ello. El feminismo es un movimiento cristiano que busca dignificar a la mujer. Y ustedes saben muy bien que la mujer está sometida en muchos países y también lo estuvo durante generaciones, con unas leyes que la sometían a la tutela del varón.

Conviene aceptar que la liberación de la mujer es en realidad deseada por Dios. Nada más cristiano que una sociedad fraterna e igual. Si los célibes no saben relacionarse entre ellos deberán aprender, como la sociedad civil ha hecho estos últimos años. Y la Iglesia tendrá que asumir que la preparación de las mujeres las hace idóneas para cualquier tipo de cargo. Una sociedad patriarcal y machista no es Evangélica. Y dejo a la consideración de expertos el modo en el que la Iglesia debe transformarse. Que no tiene por qué seguir los patrones del protestantismo. Dentro de la más estricta ortodoxia seguro que algo se puede hacer en la Santa Iglesia Católica y Romana, aprovechar ese reto es construir el futuro desde los valores del Reino.

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