
Estamos celebrando el trigésimo primer año de la Carta Magna y se nos ha ido Jordi Solé Tura, uno de los padres de la Constitución. Poco a poco desaparecen del escenario aquellos hombres que con ideas diferentes fueron capaces de conciliar unos principios básicos para la convivencia. No hace mucho se fue también Joaquín Ruiz Jiménez. Ahora acceden a la vida pública los herederos de mil batallas, pipiolos sin curtir, niños burbuja, consentidos por padres que abominaban del autoritarismo para claudicar con el diálogo y el buen rollito. Pero como bien dice el juez de menores más curtido en sentencias ejemplares: los padres no son colegas ni pueden delegar la “autoritas” para ejercer de compañeros de parranda.
“De aquellos lodos estos barros”. La Constitución se ha convertido en un mantra que todos veneran pero al que se sacude de lo lindo. No vale el artículo 27 donde se especifica:” los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. La progresista Pajín se cisca en las mismas narices de todos los ciudadanos cuando admite sin rubor que la religión es cosa privada ajena a la escuela pública. Es lo que tiene pactar con el diablo para llegar al poder. Puedes prometer defender lo mismo que atacas sin rubor.
Pues en ese ínterin se encuentran ahora estos diputados, señorías ajenas a la crisis, que debaten sobre el “sexo de los ángeles” ante la imposibilidad de hacer frente al caos social y económico del momento actual. Esos fuegos de artificio adelantan un proyecto ideológico que ahora, sí, ahora nadie teme defender aunque sea contra la mitad del pueblo español. Eso no lo hicieron los padres de la Constitución que más bien negociaron un consenso para dejar dormir la bicha del rencor. Esa misma bicha que ahora nos aplasta sin piedad con Memorias retroactivas adobadas en el pensamiento correcto. De esa manera asistimos impotentes al descalabro de la cultura y la sociedad.
Eso de la cultura es un bien que nos pertenece a todos y cuando se quiere manipular jamás se consigue. Porque siempre hay quien se escapa al pensamiento dominante y encuentra la puerta por donde deja salir la creatividad. Entonces surgen obras fascinantes que retratan el momento histórico, el real, no el de ficción. Y ese momento ha llegado ahora con nuevas generaciones que se encargan de rescatar lo mejor del presente y del pasado.
Sin embargo ese babeante homenaje a un proyecto en el que algunos se están ciscando a diario, se ha convertido en mera hipocresía. Hoy la Constitución es un corsé que no se ajusta a la osadía ideológica del momento. Pero sigue sirviendo de vínculo de unión. Unión ficticia por supuesto. La realidad es que ni la respetan las izquierdas que se proclaman republicanas, ni mucho menos las autonomías que desean escapar de la unidad territorial.
Solé Tura fue un utópico de mediados del siglo pasado, afectado por el virus marxista y el eurocomunismo de papel cuché. Ser progre en los setenta era pertenecer a algún partido que abominaba de la dictadura y por supuesto salvar el trauma moral del nacionalcatolicismo. Como resultado tuvimos esa brillante movida de los ochenta, donde cualquier cosa era posible. Hoy el panorama no es mucho mejor. Tres décadas de adoctrinamiento al más puro estilo Goebbels dan para muchas transformaciones mentales. El mantra del diálogo ya no da más de sí. Ahora vienen tiempos duros y mucho me temo que los vástagos de aquellos primeros padres de la Constitución no merecen la España que heredaron. Ojalá me equivoque
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