domingo 20 de diciembre de 2009

Pensemos como celebrar la Navidad

En pocos días llegará la fiesta entrañable y hogareña por excelencia donde se viven muchos acontecimientos que quedan en nuestra retina. Existen numerosos relatos navideños y siempre tienen un poso de nostalgia mirando hacia el pasado y también una buena cantidad de deseos en el corazón. En uno de esos días de celebraciones familiares vine al mundo y también en una despedida del año se fue mi padre. Son fechas llenas de recuerdos, de reuniones con amigos, de llamadas y mensajes. Es como si el mundo se parase para encontrar un hueco donde llenar de buenos deseos nuestras relaciones.

La Navidad también es esperanza. Adoramos a un Niño que vino a salvarnos. Y deseamos renacer como Él derramando a nuestro alrededor esas buenas obras que dan denominación de origen al cristianismo. Entre esas buenas obras se encuentra la atención a personas solas. Cada vez pienso más en ellas. Lo más triste de estas fechas es que no te quede nadie para vivirlas en compañía. De esa manera encontrarte un mendigo en la calle junto a la algarabía de transeúntes con sus compras bajo el brazo, te llena de pena el corazón. Piensas como vivirá esa persona estos días, ¿le llegará un poco de turrón y, lo más importante, tendrá alguien con quien compartir esos dulces?.

Nosotros bien abrigados en casa no pasamos frío y da como ganas de seguir allí acurrucados junto al fuego, coger los juegos de mesa y no salir. Poner una película y todos juntos ver la televisión, escuchar música, leer. Son días que pueden ser un agobio si no les ponemos un poco de ternura. Yo me arrebujo en la cama sintiendo el calor del hogar y no dejo de pensar en los sin techo. De verdad que cuando llegan estas fechas me duermo recordando entre oraciones a quienes duermen en albergues para no perecer de frío. Y a quienes terminan en un cajero con sus cartones como edredón.

Quiero pensar que todos damos algo de nosotros a quienes más lo necesitan. Damos de lo que nos sobra, pero al menos pensamos en quienes menos tienen. Te llegan las felicitaciones de las ONG para que estires un poco la generosidad y recuerdes a otros que tienen tanto derecho a la felicidad como tienes tú. Esas personas sin rostro son en realidad los niños que debiéramos adorar. Porque también ellos están recogidos en cualquier establo del siglo XXI, sin más compañía que unos pastores voluntarios, que van a dar gracias a Dios por compartir sus horas y ofrecer aquello que pueden.

Así mientras suenan los villancicos, la alegría del corazón late también al mismo ritmo que la compasión y la entrega generosa. Que no nos olvidemos de todos ellos mientras desbordados por las extravagancias de las fechas, nos prestamos a interminables comidas opíparas que llenan nuestras barrigas hasta la indigestión y aumentan los kilos de sobrepeso en nuestra cintura. Si podemos pasar de platos exquisitos y nos volvemos un poco más austeros, seguirá siendo Navidad.

La pregunta del millón permanece en mi mente: Cómo podemos recobrar el espíritu de oración y plegaria que rodea el Adviento y la Navidad. Sería conveniente distribuir unas sencillas hojas para recuperar la genuina y auténtica celebración gozosa. Así cuando llegase a nuestra casa el invitado, el anfitrión le ofrecería otro regalo, el de la fe vivida en familia. Hay que pensarlo, porque la misa del Gallo no consigue calentar completamente a muchos corazones. Algo habría que ingeniar para que fuera una reunión fraterna donde todos aportasen algo para compartir. Me encantaría conocer esos relatos navideños. Propongo que se abra la creatividad para construir una buena narración de estampas navideñas, mientras tanto que no nos falle la oración frente a la corona del Adviento. De momento voy adelantando los buenos deseos a todos aquellos que llegan a este rincón. Que el Niño Dios nazca en nuestros corazones