jueves 17 de diciembre de 2009

Réquiem por una democracia

El Congreso da trámite al abominable crimen del derecho al aborto. Si algo no lo impide se abre la puerta para legislar contra la misma Constitución. Una postura inadmisible en Derecho. Al parecer no todos son conscientes de los efectos perniciosos de esta Ley, caso de ser aprobada por el Senado. Estarían legislando contra principios de la Carta Magna, concretamente contra el derecho a la vida.

Somos muy modernos, muy europeos, no podemos vender alcohol a menores, se prohíbe fumar por peligro para la salud pública; pero eso sí, educamos para no respetar la vida, para dejar de considerar el derecho a vivir un principio inamovible. Se abre la espita para destruirnos entre nosotros, de manera muy legal, eso sí.

Dentro de poco las jóvenes podrán abortar con total irresponsabilidad, la futura Ley lo permitirá, pero no pueden fumar, ni beber, ni votar. Necesitan un permiso para conducir. Han de superar unos trámites para conseguir entrar en la Universidad. Sin embargo, para suprimir un feto no hay más límite que las 14 semanas. Y la pastilla del día después, solucionará la noche loca, como un pequeño caramelo que podrá, pasado el tiempo, demostrar la irresponsabilidad de unos gobernantes. Pero entonces ya será tarde.

Niñas envejecidas por el consumo de bombas hormonales y el recurso a las clínicas matarifes para hacerles la vida placentera, cómoda, sin responsabilidades. Dejen que les cuente una historia con visos de convertirse en una pesadilla. Esto era un país que comenzó a pactar con el diablo, le ofreció todo lo que podía para mantener una ficción. La democracia ocultaba una monstruosidad, ya no era el gobierno del pueblo, sino el aquelarre de unos falsos representantes de la voluntad popular. El juego sucio tomó carta de ciudadanía, tú me apoyas en el aborto y yo te apoyo en tu terruño. Total, el pueblo siempre vota, jamás protesta. Podemos hacer lo que queramos, siempre que sea con acuerdo para que nadie diga que no somos democráticos.

Y en ese país de miserables e irresponsables, se fue gestando un poso de maldad. Los jóvenes perdieron el norte, muchos sabían que era posible matar al ser más débil del mundo y se preguntaban por qué iban a respetar la vida de quien les molestaba. De esa manera con una perversión siniestra se lanzaron consignas sobre otro ser débil y vulnerable, el anciano. Ya no resultaban rentables al Estado. Se habían calculado los gastos en la tercera edad, excesivos, una sangría que hipotecaba la viabilidad del buen vivir. De modo que acordaron aprobar la Ley del Tránsito al Más Allá, gestionando pólizas de seguros con cláusulas draconianas que interpretaban la voluntad de la decisión final.

Se había llegado al mercantilismo con la vida. Se hacía negocio de la muerte, en clínicas convenientemente situadas para no alarmar a la población. Todo se pactaba y se legislaba con el rigor de la Ley. Todo para el pueblo pero sin el pueblo. Los próceres gobernantes del país convirtieron sus cargos en objeto de pactos y negociaciones sin ningún límite moral. El mal se adueñó de las leyes. Todo era legal si se acordaba y se votaba por esos mismos señores que salían en las listas de los partidos. El gobernante se convertía en una marioneta convenientemente adiestrada. Había que conseguir el favor popular ofreciendo lo que fuera para mantenerse en el poder. Así comenzó la decadencia de la democracia. La caída de una civilización heredera de aquellos pioneros de los derechos humanos. Sin saber cómo el mundo ya no respetaba el derecho a la vida, ni cuidaba de los más débiles, sencillamente se les eliminaba si resultaban onerosos.

En nuestras manos está el despertar de esa pesadilla. El camino está marcado, hay derechos que son irrenunciables por dignidad, por humanidad, no puede ser que nos cuelen leyes que no iban con el paquete electoral.