
En sus dos encíclicas se muestra el maestro y erudito. Queda por leer la que ha firmado hoy mismo sobre la doctrina social. Lo cierto es que a lo largo de estos cuatro años sus declaraciones han producido mucho revuelo mediático. El Vaticano y sus comunicados se miden con lupa. Han sido un referente a lo largo de la historia. Y podemos afirmar que Benedicto XVI provocó momentos muy tensos con el mundo musulmán. Y ha chocado con la sociedad hedonista al hablar del preservativo. Por si fuera poco tiene por objetivo zanjar el cisma con los lefebvrianos, mimando a unos díscolos obispos que en la última jugada han pasado de su autoridad para seguir ordenando sacerdotes.
El mundo progresista le tiene en el punto de mira. No hay ninguna indicación ni en sus escritos, ni en sus actuaciones, que puedan albergar esperanzas de un gobierno más colegiado y menos vertical. Ni asoma por el horizonte ninguna posibilidad de rectificación en materia de moral sexual. Por no entrar en temas como el celibato o la ordenación de mujeres. Esta última cuestión zanjada por Juan Pablo II, pero presente en la sociedad cuya dinámica incorpora en todos los ámbitos a la mujer.
Benedicto XVI lleva tras de sí un catálogo largo de teólogos censurados. La cuestión es que los temas más polémicos no se resuelven a gusto de los estudiosos, sino que siguen siendo materias doctrinales del Catecismo, con el consiguiente estancamiento en el mundo del pensamiento. Los teólogos brillantes del Concilio Vaticano II, ya quedan muy lejos y sin embargo siguen siendo referentes en la actualidad. El resto publica pero al cabo de muchos años en la defensa de unas posturas que se trasmiten por las Facultades de Teología, devienen en una notificación de la Congregación para la doctrina de la Fe que echa por el suelo lo que ha sido cátedra en el púlpito de la Universidad.
Es cierto que la Iglesia siempre esta auxiliada por el Espíritu Santo, pero también que tiene una estructura fosilizada con tiempos excesivamente largos para la vida actual, donde fluyen los acontecimientos y se precipitan en una cadena de manera global. Hay por tanto un camino que no ha recorrido Benedicto XVI y es el de dotar de mayor agilidad a la curia. Se nota ese fallo, por ejemplo, en el Portavoz de la Santa Sede y en algunos Dicasterios.
Pero lo imperioso es ahora las reprobaciones que vienen sucediéndose y crean alarma social. Está cercano el caso de Pagola y corre ahora el rumor con Torres Queiruga. Alguien debería tomar las riendas en estos casos de adhesiones y manifiestos que salpican a la Santa Sede con un manto de sospechas Inquisidoras que no son propias del siglo XXI.















