El título es un guiño a la realidad. Estamos en ese momento histórico en el que otros estuvieron antes que nosotros. Imagino la España Islámica con sus pequeños reductos semiclandestinos donde se mantenía el cristianismo con peligro incluso de la propia vida. Eso de estar en inferioridad numérica ya ha sucedido en otras ocasiones. No cabe duda que la sociedad occidental camina a marchas forzadas hacia un paganismo naturalista. Los verdes son esa corriente de respeto a la madre Tierra que tenían los nativos de remotos países sin descubrir. No están lejos del pensamiento de los indígenas amazónicos, aunque esté pasado por el barniz de la modernidad.Pasamos por tanto de una sociedad cristiana, en Occidente, a una sociedad agnóstica con ribetes panteístas; el Universo en expansión seduce esa parte religiosa que todo individuo mantiene en su interior. Una parte que se sigue interrogando sobre las cuestiones básicas de la vida. ¿Por qué estamos aquí? Puede preguntar cualquier niño. ¿Qué sentido tiene la existencia? Son preguntas que se han planteado generación tras generación, también filósofos y pensadores, más o menos eruditos. No es una cuestión de tener mucha cultura. Es más bien un impulso que forma parte del origen del ser humano.
Ese impulso está presente en cualquier tipo de religión y cuando se encuentra ausente aparece bajo otras formas. La podemos rastrear en la filosofía de Platón de hace miles de años. También en la Biblia, que es un registro de la relación de Dios con el hombre hasta su Epifanía y posterior muerte y resurrección. Pero también se encuentra en las preguntas de los niños de cualquier país. Es cierto que hoy se vive demasiado acelerados, tanto es así que muchos pierden el norte porque no encuentran sentido a lo que hacen, un malestar difuso que puede afectar al organismo como un virus letal.
La religión de trinchera es la que estamos viviendo en este momento. Aguantamos lo que nos echen con resignación, y aunque nos quejemos no pasa de ser un lamento en la familia, el resto del mundo, la mayor parte, funciona con otros parámetros. Y la invasión de los medios de comunicación contagia el espíritu de la época. Tanto es así que las vocaciones de consagrados merman de manera alarmante y la población de la mayor parte del clero se encuentra ya en la edad de jubilación.
Este panorama sería desolador para un analista de cualquier empresa. Algo está fallando y debemos reaccionar. Pues sí, efectivamente, está fallando la fe. Y ante ese fenómeno no hay que esconder la cabeza como el avestruz, ni sacar pecho como un gallo. Lo cierto es que se reza poco y la oración es el fundamento de nuestra relación con Dios. Si rezamos poco y mal, el mundo nunca cambiará. El otro fenómeno es intentar copiar el marketing empresarial, publicitar la fe como si fuéramos mercaderes en el templo.
La verdad es que vamos hacia el cristianismo de solera. El de la familia y la parroquia. Y creo que allí es donde se encuentra la escalera para salir de la trinchera. Poder afirmar la fe sin miedo al qué dirán, es el primer paso. El siguiente es exigir respeto. Y el sucesivo es apostar por trasmitir esa paz y serenidad que sólo quien vive firmemente asido a la fe, puede trasmitir. Porque nosotros tenemos esperanza. No somos pesimistas aunque la estadística se empeñe en mostrarnos una realidad catastrófica.
La Iglesia ha sobrevivido a todos los imperios desde hace dos mil años, y la promesa es permanecer hasta el final de los tiempos, con mayor o menor número de seguidores. Pues ahí radica la salud del mundo. En la capacidad de interceder los unos por los otros. Nosotros pedimos por creyentes y ateos, por enemigos y amigos. La oración sigue siendo una influencia benéfica para la sociedad, para el género humano.
Una fe que predica el amor a los más vulnerables de la tierra jamás podrá sucumbir. Eso es seguro. Porque el hombre es un lobo para el propio hombre y sólo salir de sí mismo para llevarlo hacia el otro, puede salvarle del propio egoísmo. Y ese es el misterio de la cruz y la consecuencia de la Resurrección. Se nos ha prometido la eternidad. Nadie en su sano juicio renunciaría jamás a la felicidad, a la paz, a la bondad, al amor. Por eso no tememos el futuro.















