viernes 1 de enero de 2010

Busquemos ser constructores de la paz

Estrenamos un año nuevo y también nueva década. Para empezar nada mejor que una bendición y la más adecuada es la que corresponde a la lectura de hoy: "El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz." Números 6, 22-27. Es la mejor expresión que hoy podemos desear para todos nosotros. Porque en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios también celebramos la jornada de oración por la paz. Y sobre todo porque la paz es no es sólo ausencia de batallas bélicas; si no tenemos paz interior tampoco sabremos relacionarnos con los demás.

Cuando los asuntos de la Iglesia se convierten en armas arrojadizas, conviene cultivar la paz interior, para que no nos dejemos llevar por arrebatos que rozan la temeridad y provocan dolor a nuestro alrededor. Vivir en paz es un don, hacer las paces, es una gracia. Y quienes formamos parte de la Iglesia, somos bendecidos por ser hombres y mujeres de paz. Difícil de creer cuando entramos en algunos circuitos mediáticos que viven en permanente guerra, dicen que con el mal.

No sé si el mal se agazapa también en el interior de quienes desean defender por encima de todo a la Iglesia. Me consta que lo hacen con buena intención, porque la realidad es que vivimos disociados entre lo que pensamos y lo que hacemos, y eso pasa factura. La guerra es un estado de permanente infelicidad. Y al mal no se le combate provocando dolor alrededor, porque entonces nos convertimos precisamente en aquello que no deseamos ser. Paz y bien, proclamaba San Francisco. Paz en el corazón y dosis enormes de bien, de bondad, en nuestras acciones y palabras.

Esa guerra soterrada que hay en la Iglesia de conservadores y progresistas no es obra del Señor, sino precisamente de quien disfruta de hacer daño a su alrededor. Allí está la parte oscura del mundo, las rivalidades, las envidias, el orgullo, la falsedad. La fe no se puede vivir como si se tratase de un arma arrojadiza. Porque no se impone, se propone.

Que algunos deseen convertirse en defensores de la doctrina puede que sea necesario para que desaparezca la confusión en la que el relativismo actual nos tiene cercados. Pero no me consta que deba hacerse desde el odio, sino desde la bondad de quien ama la conversión del pecador, y no desea su condenación. Mi deseo para este próximo 2010 va en esa línea, que las guerras fratricidas dentro de la Iglesia se diluyan como azucarillos y en su lugar nos desborde la gracia de saber mostrar el error para llevar a la conversión.

Duelen los anatemas y además dividen no entre buenos y malos, sino precisamente porque manifiestan la parte oscura del maligno, el rey de la mentira y la división. Para nosotros se nos ha prometido la comunión y la fraternidad. Los actos que rompen la paz dentro de la Iglesia no son obra del Espíritu y frente a ellos la mejor defensa es la oración y la proclamación de la fe, pero no desde la prepotencia, sino desde la humildad de quien se sabe portador de una Verdad que no le pertenece en exclusividad.

Esta es mi propuesta, que no siempre conseguiré llevar a cabo. Porque resulta más fácil el anatema que las razones y el diálogo. Sin embargo, confío en todos los que pasan por el blog, para hacer posible este deseo. Que sepamos dar razones de esperanza entre todos, y aunque nos encontremos con el príncipe de la mentira, que sepamos rebatir con firmeza y sin odio sus sibilinas trampas. Feliz 2010

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