domingo 17 de enero de 2010

"Existen males mayores que lo que ha pasado en Haití"

Tengo grabada en la retina la imagen de un fotógrafo de guerra. Está viendo como una joven se esconde tras una pared en ruinas y la cámara enfoca como al mismo tiempo se va aproximando un soldado por otro ángulo. El fotógrafo contiene el aliento y apunta la cámara hacia el objetivo, está a la expectativa para conseguir ese momento en el que el cráneo de la joven va a ser alcanzado por un disparo. Al mismo tiempo la imagen muestra el rostro del fotógrafo expectante y la joven víctima mirando hacia el objetivo, son segundos en los que hubiera podido hacer una señal a la joven, gritar al soldado, distraer al ejecutor y salvar a la víctima. El drama es que esa imagen será premiada y perseguirá al fotógrafo, esos minutos hasta ver el cráneo abierto de la joven se fijarán en su retina y la culpa corroerá el futuro del periodista.

Esta historia tiene una moraleja sabrosa, no todo vale, especialmente cuando se pierden los principios fundamentales que nos hacen distintos a los demás seres vivos del planeta. El principio del auxilio a la víctima, el de la ética frente a la noticia fácil y el titular excepcional, deben estar siempre presentes. Pero lo cierto es que quienes intentamos escribir con una determinada periodicidad, también nos sentimos influenciados para tratar un tema de manera correcta. Es fácil caer en lo mismo que ahora estoy criticando. Provocar al lector con un titular llamativo. Manipular una frase para crear una noticia. Pero eso también tiene su precio. Podemos provocar situaciones como la del fotógrafo, situaciones que nos persigan hasta la almohada.

Monseñor Munilla ha sido pillado con una frase desafortunada que él mismo ha tenido que explicar en otros medios. Al decir: «Existen males mayores que lo que ha pasado en Haití». no es que el obispo carezca de entrañas de misericordia como quieren hacernos creer; lo cierto es que son los periodistas quienes utilizan cualquier frase para convertir en titular lo que tiene una explicación que no alcanzan a comprender. No, la realidad de una mística desencarnada no existe, pero lo cierto es que para la prensa sólo es noticia lo que vende. Y si hace quedar mal a la Iglesia cubre otro objetivo, zaherir a la jerarquía y vencer la autoridad moral de la Institución sacando a relucir sus miserias, aunque sea con medias verdades.

Perder la vida no es una tragedia para un cristiano, porque todos vamos a tener el mismo final. Perder el alma es mucho más doloroso porque se convierte en una carrera fracasada. Creemos en la resurrección de los muertos y que el aparente final de esta vida se convertirá en una promesa de felicidad en presencia de nuestro Señor. De modo que sintiendo misericordia por quienes sufren y haciendo lo posible por socorrerlos, monseñor Munilla quería expresar con sus palabras que sólo nos conmueve lo grandioso, mientras que el día a día pasa por nuestro lado con miles de tragedias a las que no hacemos caso. Incluida la de nuestra propia alma.

Hoy rezamos por las víctimas de un terremoto, pero nos olvidamos de aquellas otras que no son portada de los medios y por lo tanto quedan ahogadas en el silencio. ¿Acaso somos conscientes que en un mismo minuto viven y mueren miles de seres en el mundo?. ¿Caemos en la cuenta de que nuestra vida tendrá un final y un juicio?. No, no es espiritualidad desencarnada hacernos pensar que la vida de pecado nos llevará a la infelicidad. Y con ello no estoy intentando echar un capote a monseñor Munilla. Tan sólo reflexiono con los titulares que hoy alimentan nuestra vista. Unos titulares que tienen su precio.

Espero que los periodistas que disparan sus frases como el fotógrafo de la historia que relataba al inicio, tengan también clavadas en su reina las palabras que hoy escriben. Porque pudiera ser que éstas les persigan más tarde. No se puede utilizar a un obispo para atacar la fe. Si se trata de vender a la jerarquía como fariseos y a los misioneros como apóstoles sagrados, algunos tendrán que reconocer que hay de todo en la viña del Señor, también entre quienes viven a cuenta de las historias que publican

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