Lo más parecido a una guerra es un terremoto, al menos en la desolación de sus calles y la ruindad de sus edificios. También lo es en el goteo de víctimas. Sin embargo lo que diferencia esta tragedia de la otra es que la primera sucede en segundos y la segunda se desarrolla a lo largo del tiempo, durante meses o años. Ambas son terribles, pero no pueden compararse.No hay nada que se le pueda decir a quien se encuentra ahora en estado de shock, derrumbado como los edificios, buscando a los suyos o sencillamente desesperado por haberlos perdido. Momentos en los que se cruza la línea que separa la vida y la muerte, momentos que cambian por completo la realidad circundante. Seguramente muchos se preguntarán dónde estaba Dios cuando tembló la tierra; cuando se tragó a los familiares y todo el esfuerzo de años convertido en pavesa. Hay que serenar los ánimos, Dios está siempre con los afligidos, El eligió ser víctima y nos mostró el camino para llegar al Padre: Yo os digo que todo lo que hiciste al más pequeño de mis hermanos, me lo hiciste a mí. (Mt 25, 40).
Afortunadamente son muchos los samaritanos que ahora se vuelcan en ir al mismo territorio, arriesgando su vida, para poder ayudar en lo que puedan. Lo necesario es la calma y el control. En un estado de shock se pueden cometer actos heroicos y también deleznables, la rapiña oculta en los pliegues de la miseria puede aflorar convirtiendo en una segunda pesadilla los días que vendrán a partir de ahora.
Esperemos que la mayoría viva momentos de solidaridad. Al menos eso deseamos desde todas las partes del mundo. Hace dos días que Haití está en la boca de todos, también en nuestras oraciones. Levantar una ciudad de las ruinas, aunque resulte doloroso, puede ser también una oportunidad para muchos que solo tenían por meta la emigración. Si el gobierno sabe edificar con medidas de seguridad, Puerto Príncipe resurgirá de sus cenizas con mayor esplendor. Y tal vez el paro, el hambre y la desolación, pacten una tregua.
No es un país afortunado, aunque lo sea su entorno caribeño. Su historia nos recuerda un pasado lleno de dolor y esclavitud, de corrupción y dictaduras. Apenas hace cuatro años que han salido de una de ellas. Y hoy no tienen ni palacio presidencial, residencia de la autoridad civil; ni catedral, templo del Señor. Pero sabemos que hay cientos de religiosos dispuestos a entregarse de nuevo a la reconstrucción de esta ciudad. Un país con la renta per cápita más baja de toda América, que recibe ayudas para el desarrollo que ahora deberán duplicarse. No en vano antes del terremoto ya vivía el 70% de su población en la pobreza.
Hoy se han igualado las diferencias, los edificios suntuosos están en el suelo. La necesidad de agua, comida y medicamentos, iguala a su población. Que nuestra ayuda sea generosa y nos mantengamos unidos en la oración. La prioridad ahora es ofrecer ayuda humanitaria a la mayor brevedad. Y en ello están la mayor parte de los países del mundo. "Dios siempre escribe recto aunque sea con renglones torcidos".
Que la esperanza brille en los ojos de todos los hijos de Haití, la corrupción y los dictadorzuelos han temblado bajo el mismo suelo. Y ahora puede que llegue el momento para construir sobre bases más sólidas. Que Dios escuche a su pueblo
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