lunes 25 de enero de 2010

Nada es imposible

En este mundo hay veces que caemos del caballo, como San Pablo, cuya conversión celebramos hoy. Puede ser una enfermedad personal o familiar; un accidente; o cualquier otro acontecimiento que produce una sacudida interior. Convertirse es mirar las cosas desde otra perspectiva, ver el mundo con unos ojos diferentes. Las experiencias personales son intransferibles, pero cuando alguien ha vivido un suceso de esas características, siente mayor compasión y empatía hacia el resto de personas que sufren en su piel los arañazos de la vida.

Ayer me quedé sorprendida frente a la reflexión de un hombre que no se atrevía a pedir a Dios la curación de su hijo. Se revelaba interiormente frente a un Dios milagrero. Consideraba que estaba siendo tentado por querer que rompiese el curso inmisericorde de la enfermedad. Sentí lástima por esa persona que era incapaz de abrirse a Dios. El camino de la oración también es un camino de súplicas, ruegos y preguntas sin respuestas. Y poder descansar la cabeza a los pies de Jesús, da una paz interior superior a cualquier receta de psicología barata. Sin embargo el hombre apelaba a los efectos beneficiosos de la fuerza mental para justificar el resultado de la oración de petición, buscando que ofreciese un halo de serenidad en el organismo enfermo. Intentaba racionalizar los beneficios de la oración.

No me cabe duda que a Dios no se le puede exigir un milagro, pero si se puede poner en sus manos al enfermo y decirle “Señor si tú quieres puedes, hágase tu voluntad”. ¿Por qué privar de esa plegaria a nadie?. ¿Por qué no recurrir a la intercesión de cualquier beato abierto a derramar las gracias del Señor?. A Dios le debemos presentar todas nuestras necesidades, en la seguridad de que él cuida de nosotros y sabe lo que nos conviene. Y eso no nos exime de buscar a los mejores especialistas, pero cuando todas las puertas humanas se cierran, no dejemos de mirar hacia arriba, lo extraordinario puede suceder, si entra dentro de los planes del Señor.

San Pablo perseguía a los cristianos de buena fe; así también la buena fe es la que cuenta en todas las opciones que realizamos, aunque algunas sean equivocadas. Ese es el misterio de amor que se nos pide, unas relaciones sin venganzas, sin envidias, relaciones sanas. Y crear alrededor un ambiente agradable que promueva la felicidad y la salud. La enfermedad es una fuerza negativa en el organismo que requiere saber dejar hacer a la naturaleza; además de las medicinas para el cuerpo, se necesitan medicinas para el espíritu. Ahí entra de lleno la oración. No tanto para pedir imposibles, exigiendo curaciones, como para dejarse trabajar en paz y con esperanza.

Por otra parte las conversiones personales pasan por esa etapa que el orgullo deja paso a la súplica humilde. Hay mucha gente orgullosa de su sabiduría, de su inteligencia, que es incapaz de sentir compasión por personas menos dotadas. Y precisamente el camino de Jesús nos lleva siempre a hacernos cargo de ese tipo de personas, a ayudarles. Los poderosos suelen recurrir a todo tipo de influencias y contactos antes que a Dios. Pues bien, es cierto que cuando se pierde todo, se empieza a ganar de verdad lo que más importa. Cuando ese hombre se queda impotente frente a la enfermedad de su hijo, se abre a la trascendencia y se pregunta si puede pedir a Dios un milagro.

Este hombre es uno de tantos que cae derribado del caballo y debe mirar en otra dirección. Confiemos siempre en la oración de unos hacia otros, en la oración de intercesión se producen muchos milagros. Y nosotros sabemos que para Dios nada es imposible. Ojalá ese padre sepa ofrecer su oración de súplica al Señor

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Soy una persona educada en la iglesia católica y que creo tener fe en Dios. Cuando he leído tu artículo me he sentido identificada con ese hombre que era incapaz de pedir o más bien rogar a Dios. No hace mucho, un familiar muy cercano nos dejó por la peste del cáncer, y la verdad es que le he pedido a Dios con todas mis fuerzas. Realmente, no sé si era por que de verdad creía o por la necesidad de creer en algo superior a todo. Hay veces que creo que es un auto engaño y que esa fe es como un analgésico que quita el dolor pero que realmente no cura la enfermedad. Por eso creo entender a ese hombre que aunque necesitaba pedirle a Dios, al mismo tiempo se revelaba interiormente frente a un Dios milagrero.